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¿Por qué?

¿Por qué kult-ur?

¿Quién ha trazado la raya que separa lo rural -el campo- de lo urbano -la ciudad-? ¿Cómo ¿Por qué? ¿Para qué?
Jesús Ibáñez

Las fronteras entre ciudad, barrio, urbanización y pueblo se han diluido casi por completo. Hemos incluso inventado los “no lugares” (AUGÉ, Marc) en detrimento de los lugares “de verdad”; tanto la vida pública como la privada están siendo hipermonitorizadas por parte de “grandes hermanos” y por nosotros mismos; ya nada es sólido, discreto, perfectamente delimitado, estable y duradero, sino que la liquidez de Bauman ha llegado a todas partes; hasta tememos -o deseamos- haber llegado a un tiempo de liquidación por cierre

Es por tanto el momento de repensar el pueblo y reinventar la ciudad. Hay que replantearse y responder de otro modo a las preguntas que planteaba Jesús Ibáñez hace ya más de veinte años.

La movilidad, una característica fundamental de nuestros tiempos, impregna todos los espacios habitados y habitables. El nomadismo reaparece como un rasgo que impregna una gran parte de nuestras interacciones y vivencias. Hemos de prestar atención y observar los efectos de la movilidad en la cultura y la vida en los pueblos y las ciudades.

Necesitamos construir nuevas maneras de mirar y formas distintas de reflexionar sobre el mundo atendiendo a su complejidad e interconectividad ecológica y abierta que nos posibilite gestionar mejor la incertidumbre (MORIN, Edgar).

Reivindicar la ciudad

Los promotores de kult-ur entendemos que, entre otras explicaciones, la globalización es el resultado del avance de la técnica al servicio de una entronización del intermediario –financiero, transportista, mercadotécnico, etc — y la culminación del capitalismo de consumismo y de casino. La globalización es la resultante de una opción ideológica asumida por una determinada concepción del mundo que persigue el incremento extremo de la riqueza por parte de unos pocos insensibles y la reclusión en la extrema pobreza y la alienación de la abrumadora mayoría de la población del Planeta.

Esa globalización ha destruido todas las estructuras de contención y moderación de un sistema capitalista feroz, verbigracia la política tal como la conocíamos. Se ha comprado la voluntad de la sociedad civil, que delegó en partidos políticos, sindicatos e instituciones manifiestamente corruptas —al servicio de intereses particulares de personas y corporaciones, no de los comunes a quienes debían representar— y éstas se han sustituido por clubes de amos privados —léase G7, G8, G20, Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Davos…— en los que sólo dos partes, los gobiernos de Alemania y Francia (en el caso de Europa),  ante la pasividad del resto, rigen el destino de 500 millones de ciudadanos europeos.

Los problemas se generan globalmente pero se sufren localmente. A las ciudadanas y ciudadanos sólo nos queda la ciudad: el lugar donde, de verdad, todos nos vemos las caras. Una ciudad entendida como espacio de convivencia de extraños iguales donde es posible reinventar esa libertad de vivir entre extraños/extranjeros/nómadas. Cada vez más extraños y extranjeros, pero también más libres.

Esa libertad se fundamenta en la capacidad y el poder de regir nuestras propias vidas, en el reconocimiento en el Otro diferente y diverso. Una libertad propia de la humanidad que compartimos. Una libertad que entiende las dificultades de la heterogeneidad como oportunidades para el compromiso y el cambio social.

La ciudad es un lugar que se rige por la palabra. En la ciudad, los conflictos se resuelven por apelación al uso arraigado del sentido compartido dado a lo que configura nuestro entorno: las tradiciones y las costumbres, los mitos y los ritos, el ordenamiento jurídico. En suma: la cultura. Porque la ciudad es el lugar de la conversación, de las conversaciones. La ciudad —frente a “la selva”— sólo puede ser ordenada, codificada y codificable, reconocible, interpretable y comunicable por, con, y entre sus habitantes. Necesitamos aprender a leer la ciudad, entender las conversaciones que tienen lugar en su seno. En definitiva, tenemos derecho a formar parte  de ellas.

La cultura de vivir

"La vida es la tarea del hombre en este mundo" (Hölderlin), y la cultura es el lenguaje en que se articula ese vivir la vida. La necesidad de conocer y usar ese lenguaje de manera sutil, precisa y creativa, personal y propia, de modo que nos permita reconocer, imaginar e inventar, constituye el eje fundamental de la intencionalidad educativa que impregna nuestra mirada y nuestra acción. Hay que aprender a vivir —a vivir bien— y a tomar las decisiones de valor que concreten dialécticamente ese "bien".  Todo lo que hacemos constituye esa cultura.  Reflexionar sobre la cultura es por tanto nuestra actividad principal. A partir de la reflexión sobre los diferentes ámbitos en que se concreta nuestra forma de organizarnos socialmente, desarrollamos una cultura del vivir que incluye lo común, lo público, lo compartido. En estos ámbitos, urge revisar los vínculos sociales que generamos y el uso que hacemos de ellos mismos, las formas de comunicación más adecuadas. En último término, es inevitable cuestionar el modo de producción y el modelo social dominantes que imponen de manera dogmática y absoluta insoportables e injustificables desigualdades y desequilibrios de riqueza y bienestar.

Revista kultur, número 1

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