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Pablo Iglesias (2014): Disputar la democracia. Reseña

Reseña crítica y reflexión sobre un libro de actualidad
Pablo Iglesias (2014): Disputar la democracia. Política para tiempos de crisis. Madrid: Ed. Akal.

Disputar

Tomás Alberich

Si siempre es difícil hacer una reseña de un libro separándola del personaje que encarna su autor, lo es más si el autor transmutó durante su creación: el libro de referencia está escrito en sus orígenes por un profesor universitario aficionado a las tertulias (verano de 2013) pero lo ha terminado de escribir el líder político del momento que aspira a gobernar España (septiembre 2014). Según él mismo comenta en la primera página: «El grueso de este libro terminó de escribirse a finales del verano de 2013» (pág. 9), terminándolo con fecha de «sept. de 2014» (última página).
Este tránsito se transluce en algunas partes del libro, a medio camino entre una obra de agitación de las ideas políticas de un nuevo partido y de divulgación de la historia reciente de España. Escrito de forma sencilla, asequible y breve (187 páginas en total) para su difusión masiva. Tengámoslo en cuenta en toda esta reseña crítica que es tal vez excesivamente larga, por el carácter ineludiblemente famoso del autor y las repercusiones públicas que puede tener su obra, lo que exige un cierto detenimiento en el análisis.
La obra, aunque aporta numerosas referencias y relatos de nuestra historia, como libro académico de un profesor no resistiría bien la crítica. Por ejemplo, a pesar de las numerosas citas, no incluye un apartado de bibliografía o de referencias bibliográficas (ni notas a pie de página), lo cual supone, entre otros problemas, que si alguien quisiera confirmar o ampliar alguna de esas más que interesantes citas sería poco menos que imposible. Aporta también muchos datos y fechas, pero sería conveniente, para siguientes ediciones, que fuese revisado a fondo. Algunas razones: sin ser el que suscribe esta crítica experto en historia, se ven algunos fallos, espero que sean los menos, pero citamos uno que sobresale: indica que Franco murió «el 20 de septiembre de 1975» (pág. 104).


Pero entremos en temas más de fondo. El libro es atractivo, como decía antes, entre otras razones por su fácil lectura y por su actualidad, sus análisis y relatos llegan a sucesos acaecidos hace apenas unos meses. Sus referencias congratularán a muchas personas de izquierdas, sin prejuicios ni dogmatismos. Ha sido una alegría ver, por ejemplo, las numerosas veces que cita a Manuel Vázquez Montalbán, gran escritor y pensador de izquierdas poco reconocido (tal vez porque su gran imaginación le llevó a dedicarse principalmente a la novela), capaz de analizar y expresar en una sola frase todo un acontecimiento, mientras que otros necesitaríamos muchas páginas para tratar de explicar. También las citas a Tuñón de Lara, Fontana, Gramsci...
Para un análisis más detallado vamos a seguir un cierto orden según la propia exposición en el libro:
Resulta en principio chocante que cuando cita a cualquier partido político lo haga como es normal en un nombre propio (primera letra en mayúscula resto en minúscula) pero no es así cada vez que cita a «PODEMOS». Que yo sepa, no son las siglas ni el acróstico de un partido, sino su nombre (perdón si estoy equivocado como la mayoría de la población). Resulta un poco cansino ver que cualquier partido se cita como es habitual «Partido Popular» o PP, Izquierda Unida o IU (a la que curiosamente casi no cita nunca), pero PODEMOS ocupa todo el mayúsculo espacio.
La parte histórica de sus análisis comienza con una interesante y oportuna referencia a la obra de Lenin La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, y con citas elogiosas a algunos movimientos sociales recientes, especialmente al 15M, la PAH y las mareas. Congratulan, por lo expresivo, algunos de sus afilados asertos: «Para los profetas solitarios de la pureza revolucionaria las mareas ciudadanas son serviles al sistema porque no son realmente anticapitalistas» (pág. 27), «la radicalidad en política no se mide por los principios o por lo encendido de los discursos, sino por la radicalidad de los resultados» (pág. 29).
Interesante también el apartado «Power is power ¿Ajedrez o boxeo?», en el que analiza los sistemas de poder y de gobierno actuales, pero en el que, como en otras partes de la obra, simplifica al máximo en algunos de sus análisis y, digamos que «desliza» algunas afirmaciones asombrosas. En este apartado, hablando de la situación posterior a la Segunda Guerra Mundial, indica: «El reparto del mundo en Yalta y el éxito ideológico, así como el desarrollo de las llamadas sociedades avanzadas, cerró las posibilidades revolucionarias en Europa occidental, como demostró el fracaso de las Brigadas Rojas o de la RAF (Rote Armee Fraktion, también conocido como Baader-Meinhof) en Alemania, que intentaron 'boxear' con el Estado» (pág. 35).
Y aquí si entramos en temas de fondo ¿realmente piensa Pablo Iglesias que las Brigadas Rojas y la denominada Fracción del Ejército Rojo fueron «las posibilidades revolucionarias en Europa occidental» que fracasaron? ¿Se puede deducir entonces que Pablo Iglesias hubiera deseado que no fracasaran?
Estamos hablando de dos de los grupos terroristas más sanguinarios de la posguerra europea. Calificarlos de revolucionarios es una grave ligereza histórica o un insulto a los que defienden cambios revolucionarios, para los que deseaban un cambio profundo y para toda la izquierda que, especialmente desde el mayo parisino del 68, luchaba por un cambio radical y pacífico y, por tanto, también revolucionario.
Resulta además chocante que los cite después de hablar de la situación en Italia y de las concesiones que tuvo que hacer el Partido Comunista de Italia (PCI), sin una sola referencia ni análisis de lo que ha quedado abierto (sin cerrar públicamente) de esta historia de los «años del plomo» italiano: que los servicios secretos tenían más que infiltradas y manipuladas a las Brigadas Rojas, y éstas actuaron con sorprendente facilidad, y que precisamente secuestraron y asesinaron al dirigente democristiano Aldo Moro porque era el más firme partidario de pactar con el PCI (que entonces era el partido más votado). Si se hubiera producido ese pacto, el objetivo era un gobierno de unidad nacional e iniciar un proceso democratizador en Italia, proceso al que se oponía la mafia y la mayoría de la derecha, incluido el antiguo PSI, trufado de corruptos y mafiosos. De todo esto no se habla nada en el libro. Ni tampoco de que fueron en definitiva estos dos grupos terroristas, como otros, los peores enemigos de la democracia y de las posibilidades de un cambio profundo en estos países. Que ese cambio podría haber sido incluso llamado «revolucionario» o no, es lo de menos, como él mismo explicaba cuando hablaba de las enfermedades infantiles del izquierdismo.
El grueso del libro, como comentábamos, es un recorrido por la historia de España que, en menos de cien páginas, nos relata la visión del autor desde el siglo xix hasta la actualidad, lo cual es una tarea ingente y ambiciosa, pero necesaria si se quiere contribuir a la divulgación popular de «la otra España», la de la lucha de clases, la de los movimientos sociales, etc. Tal vez peque de excesivamente ambiciosa porque esto provoca que sea difícil guardar el equilibrio: sobre algunos hechos y protagonistas pasa de puntillas, mientras que en otros se detiene con tranquilidad. Así sorprende, por ejemplo, que en todo el relato de la guerra civil apenas dedique espacio a analizar el papel creciente del Partido Comunista de España y a sus actuaciones durante la dictadura, citándole más en su crítica de la denostada Transición. Por contra, en este análisis histórico sí dedica más espacio a los papeles despeñados por las distintas fracciones internas del PSOE y a la Monarquía.
Interesante el tercer capítulo «Crisis. La economía es política» y todo el análisis internacional sobre la crisis-estafa actual, que realiza tomando como referencia al «Partido de Wall Street», según la acertada denominación de David Harvey sobre el principal poder que gobierna el mundo y que, como el mismo Harvey dice «el capital nunca resuelve su tendencia natural a las crisis, sino que las desplaza» (pág. 119).
Sobre los efectos de la crisis en España, peca de sectarismo cuando afirma que «en Andalucía la administración autonómica se ha visto obligada a asegurar tres comidas diarias a sus escolares» (p. 128). Es decir, parece que sólo en Andalucía los escolares pasan penurias, cuando el relato debería de ser, a mi juicio, muy distinto, indicando que, a pesar de la desnutrición o mala alimentación de un porcentaje creciente de la población infantil española, la mayoría de las comunidades autónomas no han adoptado ninguna medida, mientras que en Andalucía sí, con un gobierno de PSOE más IU, han hecho lo correcto. Pero eso sería tanto como admitir que en Andalucía hay un gobierno mínimamente progresista. Afirmar algo que es tabú. Eso Pablo no lo puede decir, es más fácil señalar que simplemente «se vieron obligados».
Unas páginas más adelante liquida a todo un histórico filósofo y político de la talla de Jürgen Habermas, con un par de frases. Criticando «el patético favor que han prestado a este insoportable narcisismo europeo vacas sagradas de la socialdemocracia alemana como Habermas o Beck», calificando a Habermas de «aquel digno premio Príncipe de Asturias que se arrodilló ante el Borbón» (pág. 134). Parece que Iglesias utiliza la denominación de «socialdemócrata» para clasificar a la vez que como calificativo peyorativo. Aquí, como en otras partes de libro y de los discursos en general del izquierdismo, se lo pone fácil a sí mismo: califica-clasifica a los demás, diciendo que son «socialistas», «socialdemócratas», «reformistas», «comunistas» o de la casta. Pero nunca dice dónde él está: no se autoclasifica sobre su propio pensamiento, lo cual me parece lógico, incluso liberador, que no se tenga porqué autoencuadrar en una corriente ideológica concreta, sea cual sea, pero no lo es tanto el que se utilicen las denominaciones o corrientes ideológicas para no tener que dar más explicaciones. Parece que basta con decir que tal pensador es social... lo que sea para ya no tener que analizar sus obras o hechos que, se supone, sería lo importante (¿otra vez la enfermedad infantil del izquierdismo?). Por ejemplo, en este caso, y si no me equivoco, son las dos únicas citas sobre Habermas en todo el libro.
Continúa la obra con una crítica acerada al aumento de las desigualdades con la crisis-estafa que vivimos. En el siguiente apartado, en el que analiza el intento de golpe de Estado del 23F de 1981 (retroceso en el tiempo, ya que una parte del libro es suma de escritos anteriores), denuncia a todos los partidos políticos sin aportar ninguna prueba, llegando a afirmar que «En aquellos momentos ni los socialistas, ni algunos comunistas como Ramón Tamames, ni las derechas, ni la banca, ni nadie de importancia, hacía ascos a un gobierno 'de gran acuerdo nacional' presidido por un militar de la máxima confianza del jefe de Estado como era el caso de Armada» (p. 148). Tremenda acusación debería de sustentarse en algo, en algún dato o prueba.
Pero el autor continúa con su relato y se centra en los paralelismos de aquella crisis política con la actual. Como en otros casos, son más que interesantes las reflexiones de otros. Así, indica que «Como señalan Negri y Hardt, en el neoliberalismo triunfante, la distinción entre izquierda y derecha es sutil y flexible. La izquierda defiende el Estado de bienestar hasta que su coste no incida demasiado sobre la deuda pública, es decir, sobre la voluntad de mantener el orden jerárquico de la sociedad; y la derecha lo desmantela mientras el orden público y la seguridad no estén en peligro» (p. 152). Tal vez la cita-reflexión que me ha parecido más interesante.
A pesar de su proyección mediática en algunos canales televisivos privados, Iglesias tiene la valentía de explicar en pocas líneas cómo son los «traficantes de información», en palabras de Pascual Serrano, citando también a los canales en los que el líder y Podemos son receta diaria: «sabemos también que Antena 3, La Sexta, La Razón y Onda Cero pertenecen al grupo Planeta y a Maurizio Carlotti, consejero delegado de Antena 3;... que PRISA depende de Liberty y de Telefónica; que Tele5 y Cuatro son de Berlusconi; (...) La libertad de expresión corre el riesgo permanente de ser asaltada por millonarios a los que no controla nadie.» (p. 168).
Finalmente, indicar que la redacción del libro tiene numerosos errores de estilo, del tipo «de que», etc., que sobran porque se repiten o están en sitio inadecuado, como otras palabras, ej.: «nunca se debe asumir el leguaje [sic] del adversario político del adversario sino disputarlo» (pág. 48). Fruto tal vez de unas prisas inexplicadas por terminar un libro «de ocasión» que busca ampliar el impacto del personaje-estrella del momento (con su foto ocupando toda la portada), pero que debería haber sido revisado a fondo antes de su publicación.
En definitiva, un libro conveniente de leer y discutir a pesar de sus luces y sombras, y que, esperemos, mejore en próximas ediciones.

Tomás Alberich, enero de 2015

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